Antaño, la felicidad de un niño giraba en torno a un yoyo, un balero, un carrito de madera o una muñeca de trapo. Bastaba con que cualquiera de estos juguetes se pusiera en las manos de un pequeño, para que éste permaneciera horas y horas extasiado y sin hacer travesuras.

Sin embargo, hoy en día las cartas a Santa Claus y los Reyes Magos han cambiado drásticamente, y en vez de los juguetes artesanales, las peticiones infantiles giran en torno a pasatiempos ultramodernos que, si bien les permiten estar al último grito de la moda, también aniquilan su imaginación y su sensibilidad frente al mundo.

Desde tiempos inmemoriales, el juguete ha sido un elemento de vital importancia en el desarrollo mental y emocional de cualquier ser humano. Los hay de diversos materiales, tamaños, colores y formas, y de acuerdo con esto, cubren diferentes objetivos. No obstante, el acelerado avance de la tecnología y la ciencia han provocado que los juguetes llamados “tradicionales” hayan sido sustituidos por otros mucho más llamativos a la vista del consumidor, pero que no son, por ello, necesariamente los mejores.

Existen muchos aspectos culturales y familiares desconocidos y poco estudiados de la antigua población mesoamericana. Entre ellos los juegos y los juguetes que posiblemente existieron y de los que sólo unos cuantos fueron conocidos y mencionados por los cronistas españoles que llegaron a estas tierras. Sin embargo, de la poca información con que se cuenta, se pueden mencionar los pequeños objetos encontrados en enterramientos u ofrendas funerarias de las excavaciones arqueológicas, y que seguramente no se trataba de juguetes, sino de miniaturas que tuvieron fines rituales; entre ellas, Rubín de la Borbolla destaca las de Tzintzuntzan, en Michoacán, las de Teotihuacan en el centro del país y las de Monte Albán en Oaxaca.

No se han encontrado referencias, ni en los códices, ni en las fuentes escritas, sobre juguetes hechos para la diversión y entretenimiento de los niños. Los hallazgos arqueológicos muestran objetos que parecen serlo como pequeñas figuras zoomorfas de cerámica dotadas de ruedas, trastecitos, muñequitos y muñecas articuladas, vasos silbadores, sonajas y silbatos, y aun las mismas pelotas de hule, todos artefactos que no parecen haber sido utilizados antes de que fueran enterrados. Quizá hubo juguetes elaborados con materiales frágiles o efímeros pero que, por ese mismo motivo no se conservaron, provocando la duda sobre su existencia.

Todo lo que nuestra percepción actual permite identificar como juegos o juguetes, para el poblador mesoamericano fueron, muy probablemente, elementos rituales o, inclusive -afirma Isabel Marín- hasta símbolos de poderes extraterrenales; ese trasfondo ritual se observaba en todos los “juegos”: el de pelota, el del volador y el patolli, siendo el juego de pelota uno de los más estudiados.

Por el momento sólo cabe hacer dos citas sobre el juego de pelota, la primera de don Alfonso Caso relacionada con el juego y la segunda del cronista González Hernández de Oviedo sobre la elaboración de la pelota. Afirma el primero: “Era tan importante este juego, que en los manuscritos mixtecos vemos a los grandes príncipes y reyes en el campo llevando en las manos joyas de oro o de jade que apostaban en la contienda… El juego tenía una significación religiosa y era en realidad un templo. La pelota significaba un astro: Sol o Luna, o bien el movimiento de toda la bóveda celeste…”

El segundo, en su “Historia Natural de las Indias”, nos brinda una clara crónica de la fabricación de la pelota: “Las pelotas con que los indios juegan al batey, son de unas raíces de árboles y de yerbas, y zumos, y mezclas de cosas, que toda junta esa mixtura parece algo cerapez negra. Juntas estas y otras materias cuécenlo todo y hacen una pasta, redondeándola y hacen la pelota, tamaño como una de las de viento en España y mayores y menores; la cual mixtura hace una tez negra, y no se pega a las manos. Después que está enjuta, tórnase algo esponjosa, no porque tenga agujero ni vacío alguno, como la esponja; pero aligerase y es como bola y algo pesada. Estas pelotas saltan mucho más que las de viento sin comparación, porque sólo de soltarla de la mano en tierra suben mucho más para arriba y dan un salto, y otro, y otro y muchos, disminuyendo en el saltar por sí mismos”.

Los puntos de interés para nuestro tema se encierran en estas dos citas: el juego y el objeto con el que se juega, y aunque la primera nos deja ver el espíritu sagrado del juego, la segunda nos cuenta de manera práctica, los elementos de una pieza artesanal que, hasta la fecha, conserva las mismas características.

Con la Conquista y la aparición del Virreinato, se comenzaron a importar juguetes europeos bajo otros conceptos, en general más apegados a la percepción actual que tenemos de ellos, y alejándose poco a poco de los preceptos rituales que dieron origen a los juguetes prehispánicos. Trastecitos y muñecas de porcelana importadas invadieron con su colorido y forma a la Nueva España, lo que obligó a desarrollar una versión propia del juguete hecho en México bajo esas modas, por ejemplo las muñecas en cartón y cera que imitaron a las extranjeras, coloreando sus chapeadas mejillas y siendo “vestidas” con ropa pintada sobre el torso y adornadas con diamantina, en lugar de los vestidos de seda que lucían las lujosas muñecas traídas del lejano Oriente. Otros juguetes se hicieron con nuevas formas y materiales: juguetes de barro, madera, hojalata, trapo, cartón, palma, vidrio, hueso y otros materiales, con formas y decorados europeos que, sin embargo, fueron adquiriendo un carácter popular, alejándose de sus orígenes.

Finalizando el siglo XVIII los niños de México jugaban entonces tanto con juguetes importados como los hechos aquí; casas de muñecas, mueblecitos para estas casas, juegos de té, caballos de madera y pasta que en ocasiones llevaban ruedas, soldaditos de barro, plomo y madera; títeres, figuras humanas y animales de cuerda. Ya a finales del siglo XIX, comienzan a aparecer en el mercado pequeños ferrocarriles o “trenecitos” de madera, cartón o lámina, que reflejaban el importante desarrollo que se daba en el país en materia de comunicación terrestre.

Lilian Sheffler asegura que en el siglo XX, con la invención de la energía eléctrica y las máquinas de combustión interna, se produjeron importantes cambios en la industria del juguete: las fábricas comienzan a producir gran variedad y cantidad de ellos, y los niños comienzan a vivir una infancia con mayores estímulos. Sin embargo cabe agregar que, todavía más, se inicia, como en todo proceso industrial, un desarrollo de la invención, del diseño, de la mecanización de la producción, del mercadeo para la distribución y, finalmente, la aparición de los sistemas computarizados que se integran al diseño del juguete, lo que trae cambios históricos en la forma de jugar de los niños.

Todos los avatares políticos e históricos como seguramente lo fueron la Conquista y la obsesión por adoptar una moda afrancesada a finales del siglo XIX, así como otros acontecimientos socioeconómicos, incluido el desarrollo industrial y cibernético ya en el siglo XX, afectaron la producción del arte popular y desde luego a los juguetes tradicionales, aunque no pudieron nulificarlo en su esencia capital, ya que durante ese proceso histórico el artesano ha sabido asimilar las influencias, reconocer sus necesidades y adaptarse, en muchos casos, a nuevas técnicas que hicieron más eficiente su trabajo.

La vigencia del arte popular se asienta, precisamente, en ese binomio que conforma por un lado la fuerza de expresión del mestizaje y, por otro, la capacidad de adaptación a los procesos y técnicas de producción. En el mestizaje no se desdeñó, a pesar de los enfrentamientos, ni la raíz creativa de la etapa precolombina, ni la rica gama de influencias culturales traídas por el conquistador europeo. En la producción se ha tenido la capacidad de conservar las tradiciones del producto y adoptar, cuando ha sido posible, las ventajas de una mejor tecnología.

Del trompo a la AK-47

El juguete mexicano tiene tres características esenciales: colorido, ingenuidad e ingenio y para su manufactura se utilizan los materiales que el artesano tiene a la mano: barro, madera, palma, etc. Por ello, en casi todos los centros artesanales se produce juguete, aunque destacan centros altamente especializados en esta manufactura. En el juguete popular mexicano se conjugan, además, dentro de su diversificada y diferenciada producción, las influencias del remoto pasado indígena y las hispano-orientales, para fundirse en un crisol mestizo, formado por los materiales mencionados que proporciona el medio geográfico y el modo peculiar que cada grupo social le imprime a su vida.

En la producción del juguete tradicional, se observa el mismo factor étnico y geográfico que explica la diversidad de los materiales empleados y las expresiones prácticas manifestadas en el proceso de todo el arte popular mexicano. No puede haber entonces referencia al objeto con el que juegan los niños, sin tomar en cuenta su vinculación con el grupo cultural o étnico al que pertenecen. Todavía más, en muchos grupos indígenas de nuestro país es una tradición que todos los miembros de la familia, incluyendo a los mismos niños, confeccionen sus propios juguetes aplicándole las características de su cultura.

El juguete popular mexicano está inspirado con frecuencia en actitudes y circunstancias de la vida diaria, y reflejan en sus manifestaciones plásticas el carácter que domina el medio ambiente y sus tradiciones. El dominio de la técnica y de los materiales, así como la habilidad para emplear, combinar y contrastar colores y detalles o rasgos de ornamentación, se une a otro elemento que con frecuencia refleja el estado de ánimo del artesano o el del grupo social del que forma parte.

El colorido de muchos juguetes es reflejo del gusto del artesano por su escenario natural. La apariencia del juguete popular, es el resultado de la mezcla de los materiales, dominio de la técnica empleada y de motivaciones anímicas de su autor.

En contraposición con estos juguetes tradicionales, hoy en día, el mercado está atiborrado –especialmente durante la época navideña- de los llamados juguetes “industriales de producción masiva” que tienen diseños universales, y que provienen de varios países, especialmente China, entre los que se incluyen los juguetes educativos de plástico, los juguetes eléctricos y mecánicos, además de los juguetes computarizados. Todos estos juguetes tienen diferentes métodos de comercialización, desde establecimientos especializados, con un gran aparato comercial de información, hasta la venta, también en mercados populares, cuando se trata de los más corrientes y baratos ensamblados en los países de maquila industrial.

En la época decembrina, mientras las grandes tiendas trasnacionales como Walmart y Woolworth estan atiborradas de compradores en busca de la Barbie, de un coche a control remoto o del Castillo Medieval, en tiendas como Ogie “no se paraban ni las moscas”. La razón es simple: en las trasnacionales venden juguetes importados, electrónicos, en su mayoría de origen asiático, mientras que en la segunda se especializan en juguetes mexicanos tradicionales.

Y como parte de este segundo grupo de juguetes, de manera más alarmante ha crecido la variedad de juguetes que, lejos de ser inofensivos o educar al niño, lo incitan a la violencia y a la adopción de conductas agresivas: se trata de los llamados “juguetes bélicos”. Réplicas de armas de fuego, que simulan fusiles AK-47, revólver 38 mm, escopetas 12 mm y escuadras 9 mm, mismas que están restringidas al uso militar, pero cuyas copias casi idénticas se venden como juguetes para niños.

La elaboración del juguete tradicional

Uno de los materiales más significativos utilizados en la elaboración de juguetes populares es la madera, esta se aprovecha de múltiples formas: raíces, cortezas, troncos, ramas, florescencias, frutos, fibras y semillas. La mayoría de las veces se trabaja con herramientas elementales, que van desde navajas, una hoja de rasurar o un machete, hasta un formón, una gubia, o un rudimentario torno manejado con pies y manos, como en el caso del fabricante de molinillos que con idéntica técnica los fabrica en tamaño normal y en miniatura.

La muñeca es la diversión favorita de las niñas en todo el mundo. Las elaboradas con trapo son las preferidas. Las muñecas hechas en México generalmente por mujeres artesanas, dan la impresión de ser muchachas adultas, elegantes o rancheras, vestidas de colores alegres y con mucha frecuencia, en las comunidades indígenas, ataviadas con la indumentaria tradicional de su grupo, con todos los accesorios y prendas elaboradas técnicamente igual que las originales, pero en mágica confección de miniatura. “A diferencia de las elegantes rorras –dice Gabriel Fernández Ledesma- que en un abrir y cerrar de ojos azules chillan gangosamente, nuestras muñecas de trapo son mudas, pero saben escuchar los arrullos de sus dueñas, que les brindan un presentido amor maternal.”

La hojalata es un modesto material que siempre ha permitido a los artesanos crear los más diversos artículos desde la época colonial. Botes lecheros, cubetas, regaderas para las plantas y muchos productos más, son reproducidos en ingeniosos juguetes reconocidos por su sencillez. Otros juguetes, éstos con movimiento, son de tradicional hechura: mariposas y pájaros sobre ruedas que mueven sus alas pintadas en brillantes colores de alcohol, espirales y rehiletes, aviones y automóviles tirados por un simple cordel, mientras que los modestos barquitos atraviesan una tina con agua, impulsados por el calor de una vela.

Vuelan los papalotes, las mariposas y los enormes globos de aire caliente, de profunda tradición, que tienden a desaparecer. Cabalgan los niños sobre caballitos que sólo tienen la cabeza de cartón unida a un palo que le sirve de cuerpo. Esta es quizá una de las muestras más bellas y a la vez más modestas del juguete tradicional mexicano.

Ciclos de la producción juguetera mexicana

Cada juego o juguete tiene su época, afirmaba Carlos Espejel, uno de los más importantes investigadores del arte popular en México. En nuestro país –decía- “los niños conocen el tiempo que dura cada juego. Cuándo es el tiempo de jugar a las canicas, cuándo es el tiempo del balero y del trompo, o cuándo se inicia la temporada de los papalotes o de los “huesitos” de chabacano, que se pintan de colores.

Bajo esta perspectiva, se establecen dos tipos de juguetes: los que se producen y se utilizan todo el año. Y los que se elaboran en determinadas temporadas, particularmente las que se refieren a las festividades religiosas y a las conmemoraciones cívicas.

Entre los juguetes más tradicionales y de producción en casi todo el mundo que no se sujetan a ciclos de uso o de producción se pueden señalar: las pelotas, las muñecas, las sonajas, los silbatos, las perinolas, los animales de diversos materiales, los caballitos y los soldaditos de plomo, por citar los más comunes.

Los papalotes junto con los rehiletes siguen vigentes, aunque el plástico sustituyó los materiales originales, el papel de china en el primer caso y los papeles lustre y metálicos en el segundo; los avioncitos y cochecitos de cartoncillo o de madera; los carritos de hojalata y madera que al rodar suenan como matraca por un mecanismo parecido a éstas; las canicas que reciben diferentes nombres según sus características: las “agüitas” que son las más comunes por su transparencia, los “ponches” de mayor valor porque tienen diferentes colores y los “tréboles” que cuentan con esa figura de color en plomo: los juegos impresos en cartón como “loterías”, “serpientes y escaleras” y “la oca”; las muñecas de cartón o de trapo; las sonajas y los silbatos de diferentes formas y materiales.

En contraste, especialistas en el tema afirman que algunos juguetes tradicionales tuvieron desde siempre una temporalidad basada en su origen religioso, por ejemplo: las sonajas que los iniciados daban a los pequeñitos para caer en estado de trance; o las matracas que fueron usadas desde la Edad Media, para ciertos servicios cristianos durante la Cuaresma; mientras que los títeres y las muñecas se emplearon en rituales religiosos en algunos lugares del mundo. En este grupo se pueden ubicar las matracas hechas de madera, hojalata, marfil y hueso para la Semana Santa, importadas de Europa y Asia durante la época colonial en México.

Un momento de reflexión

En la actualidad somos testigos de la cruel agonía del juguete tradicional. El embate de la publicidad, especialmente televisiva durante la temporada navideña invade los hogares mexicanos con productos extranjeros, y esto ha hecho que los niños cada vez estén más alejados de este tipo de objetos lúdicos. El peso de la industria cultural que los medios de comunicación proponen, resulta una de las principales desventajas del juguete popular, que ante las grandes industrias fabricadoras de artefactos de plástico, mecánicos y electrónicos, está en total desventaja.

Depende de nosotros procurar el rescate de nuestras tradiciones en materia de juguetes. Después de todo, la interactividad que plantean los juguetes tradicionales no es equiparada por los electrónicos en ningún sentido. Quien tiene un balero, un yoyo o una muñeca de trapo tiene la posibilidad de dar vida a esos objetos con movimientos tan básicos como jalar, empujar o agitar, además de que le exige a los infantes un esfuerzo de destreza, imaginación, creatividad y sobre todo convivencia social. Así que la próxima vez que esté a punto de comprar un Xbox o un carro para la Barbie, reflexione qué es lo que quiere realmente para sus hijos.

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