Con más de 127 años de historia documentada y raíces que se hunden en el México colonial, el Carnaval de Chimalhuacán es hoy uno de los festivales de mayor duración en el mundo entero: casi tres meses de baile, música, color y comunidad que transforman cada año las calles del municipio mexiquense en un río vivo de identidad y memoria colectiva. Su grito de guerra, el estruendoso y jubiloso «¡Ujajay!», resuena como la voz más auténtica de un pueblo que nunca olvidó de dónde viene.
Chimalhuacán: El Territorio que Guarda la Fiesta
Ubicado al oriente del Estado de México, colindando con la Ciudad de México a través del municipio de Nezahualcóyotl, Chimalhuacán es un municipio de contrastes profundos. Su nombre proviene del náhuatl y se traduce aproximadamente como «lugar de los que tienen escudo», evocando desde su etimología una identidad guerrera y orgullosa. Fue uno de los pueblos prehispánicos que se asentaron a orillas del oriente del gran lago de Texcoco, en lo que hoy es la cuenca del Valle de México.
Con una población que supera el millón doscientos mil habitantes, Chimalhuacán es hoy uno de los municipios más densamente poblados del país. Sin embargo, pese a la urbanización vertiginosa que experimentó en las últimas décadas del siglo XX —cuando se convirtió en receptor de miles de familias migrantes del interior del país—, sus pueblos originarios, sus barrios históricos y sus tradiciones han resistido con una vitalidad sorprendente. Ninguna de esas tradiciones encarna mejor esa resistencia que el Carnaval.
El municipio alberga también vestigios arqueológicos de notable riqueza: la zona de Tepalcates, donde se han encontrado ofrendas, entierros y esculturas en piedra verde, cerámica y vestigios del complejo sistema hidráulico azteca que regulaba los niveles del lago; y la zona de Pochotes, considerada símbolo de la identidad chimalhuaquense. A estos legados materiales del pasado, el municipio añade su legado vivo más preciado: el Carnaval.
Los Orígenes: Sátira, Imperio y Resistencia Popular
El Segundo Imperio como detonante histórico
Para entender el Carnaval de Chimalhuacán en toda su complejidad, es indispensable trasladarse al México convulsionado de la segunda mitad del siglo XIX. En 1864, Maximiliano de Habsburgo, archiduque austriaco, desembarcó en el país como emperador impuesto por la intervención francesa y el apoyo de la facción conservadora mexicana. Con él llegó su esposa, la emperatriz Carlota de Bélgica, y toda una corte europea que instaló sus rituales, sus modas y sus bailes de salón en los palacios y residencias de la clase alta mexicana.
Aquellos suntuosos bailes de la corte imperial —con sus uniformes bordados, sus levitas, sus pelucas empolvadas y sus ridículas poses aristocráticas— no pasaron inadvertidos para el pueblo llano. En las comunidades del oriente del Valle de México, entre ellas las que hoy conforman Chimalhuacán, los habitantes comenzaron a imitar y parodiar burlonamente a aquellos invasores europeos que presumían de finura mientras se adueñaban del país. Nacía así una forma de resistencia cultural disfrazada de celebración: la sátira a través del baile.
Esta práctica de parodia festiva tiene, según los investigadores, su punto de arranque formal entre 1864 y 1892, aunque algunos cronistas locales sugieren que sus primeras manifestaciones son aún anteriores. Lo que es innegable es que la festividad que hoy conocemos como el Carnaval de Chimalhuacán surgió originalmente como un acto político y de protesta social, una manera de visibilizar los excesos y atropellos de la clase alta en la entidad, adoptando sus formas para ridiculizarla desde la periferia.
«El carnaval surgió como un acto de protesta para visibilizar los atropellos ejercidos por la clase alta en la entidad. Con el pasar de los años, se adoptó como una tradición en la que, a través del baile, se busca el festejo y la preparación de la Cuaresma.» — Alfredo Valencia, presidente de la comparsa Calaveras A.C.
La fusión con los Huehuenches: raíces indígenas
La festividad no sólo absorbió elementos de burla al invasor europeo. Con el tiempo, y en una síntesis cultural que es en sí misma una obra maestra del mestizaje popular, la nueva celebración se entrelazó con una danza prehispánica de la región conocida como los Huehuenches (también escrita Huehuenches), una expresión dancística indígena de raigambre antigua que ya se practicaba en las comunidades del oriente mexiquense.
Esta fusión entre la danza indígena de los Huehuenches y los bailes europeos del siglo XIX dio lugar a una expresión cultural genuinamente mexicana: ni puramente indígena, ni puramente colonial, sino algo nuevo, mestizo en el sentido más rico del término. La comunidad tomó lo ajeno, lo subvirtió, lo mezcló con lo propio y creó algo que sólo puede ser de Chimalhuacán.
Algunos investigadores vinculan también los orígenes más remotos del carnaval con las festividades prehispánicas que los habitantes de la zona celebraban en relación con los ciclos agrícolas y el término de la temporada de lluvias, con danzas y rituales de agradecimiento a las deidades. La llegada del catolicismo transformó estas celebraciones y las reencuadró dentro del calendario litúrgico cristiano, especialmente en el período previo a la Cuaresma. Esta superposición de temporalidades sagradas —la indígena y la cristiana— es también característica del carnaval chimalhuaquense.
Del Pueblo a la Cabecera: Consolidación de una Tradición Centenaria
Aunque la festividad se celebraba desde generaciones atrás en distintas zonas del municipio —como los pueblos de San Agustín y San Sebastián, entre otros— fue hasta el año 1947 cuando el carnaval comenzó a celebrarse formalmente en la cabecera principal del municipio. Este hito marca la institucionalización y expansión del carnaval como festividad que trasciende los barrios y se convierte en un acontecimiento municipal de primer orden.
La memoria oral preserva con nitidez esta historia. Alfredo Valencia, presidente de la comparsa «Calaveras A.C.» y figura emblemática del carnaval con más de cincuenta años de participación activa, recuerda que su padre, Pedro Valencia Buendía, fue uno de los fundadores de las primeras comparsas en la cabecera municipal. Esta transmisión generacional del amor por el carnaval es la norma, no la excepción, en Chimalhuacán: la mayoría de los participantes aprendieron a bailar de sus padres, quienes lo aprendieron de los suyos.
En 1926 se registra otro hito fundamental para la historia del carnaval: la fundación formal del Taller de Máscaras de Cera Valverde, que comenzó comercializando sus primeras quince piezas elaboradas con cera, técnica que marcó un parteaguas en la tradición artesanal local y de la que hablaremos en detalle más adelante.
A lo largo del siglo XX, el carnaval fue creciendo paulatinamente en número de comparsas, participantes y alcance territorial. Para las últimas décadas del siglo, ya era reconocido como uno de los más importantes del Estado de México. En su edición de 2018, denominada «Carnaval sin Fronteras», participaron 56 comparsas de adultos, 15 grupos infantiles y 36 andancias, agrupadas en 11 bloques con más de 25 carros alegóricos amenizados por 13 orquestas musicales. El crecimiento no se ha detenido.
El Carnaval Hoy: La Fiesta más Larga del Mundo
Dimensión y alcance actuales
En su edición 2026, el Carnaval de Chimalhuacán —que este año conmemoró además el centenario de elaboración de las máscaras de cera— arrancó el 10 de enero y se extenderá hasta el 30 de abril, abarcando cerca de tres meses de festividades continuas. Esto lo convierte, con toda justicia, en uno de los carnavales de mayor duración en el mundo entero, una distinción que sus habitantes portan con orgullo justificado.
El Gran Desfile inaugural del 2026, realizado el 1 de febrero, recorrió aproximadamente 5.5 kilómetros por los pueblos originarios del municipio: San Agustín, San Lorenzo, Xochiaca, San Pablo, San Pedro y la Cabecera Municipal, hasta concluir en la Plaza Ignacio Zaragoza. En ese desfile participaron 149 agrupaciones entre comparsas de adultos, infantiles y andancias, con más de mil danzantes activos.
Para dimensionar la magnitud del carnaval basta un dato: en sus ediciones más recientes ha llegado a reunir entre 132 y más de 160 comparsas activas. Cada comparsa de adultos recibe del gobierno municipal un apoyo de 40,000 pesos, las infantiles de 30,000 pesos y las andancias de 25,000 pesos, reconociendo su papel central en la vida cultural y económica del municipio.
El grito de identidad: ¡Ujajay!
No hay elemento más identificable del carnaval chimalhuaquense que su grito de identidad: el jubiloso y estruendoso «¡Ujajay!» que los bailarines lanzan al aire en cada tramo del recorrido. Este grito, cuyo origen exacto los propios chimalhuaquenses debaten con afecto, se ha convertido en el sello sonoro de la fiesta. Es al mismo tiempo una expresión de alegría desbordada, un saludo de comparsa a comparsa, y una declaración de pertenencia a esta comunidad festiva que trasciende las diferencias de barrio, generación o condición social.
Las comparsas: el corazón organizativo
La unidad básica del carnaval es la comparsa. Se trata de un grupo de personas —que puede ir desde una decena hasta varias decenas de integrantes— que se organizan de manera autónoma para participar en la festividad, con sus propios trajes, coreografía, música y estandarte. Al frente de cada comparsa hay un «cajero», que funge como presidente y organizador, responsable de coordinar los ensayos, administrar los recursos y velar por la identidad del grupo.
Las comparsas de Chimalhuacán son entidades sociales de gran complejidad. Muchas tienen décadas de existencia y han visto pasar a varias generaciones de bailarines. Algunas están formadas exclusivamente por familias, otras por vecinos de una misma calle o barrio, y otras más convocan a personas de distintos rincones del municipio unidas por la pasión compartida. Participar en una comparsa es, en Chimalhuacán, una forma de ciudadanía cultural.
Hasta hace menos de una década, la tradición establecía que las mujeres casadas o con hijos no podían participar activamente en el baile de las comparsas. Sin embargo, el tejido social ha evolucionado y se crearon comparsas como Doble Alianza y Armadera específicamente para que estas mujeres pudieran continuar bailando sin restricciones. Es una transformación que refleja cómo las tradiciones vivas se adaptan sin perder su esencia.
El Arte de Vestir el Carnaval: Trajes, Sombreros y Bordados
El traje de charro: una obra de arte portátil
Si hay un elemento que define visualmente el Carnaval de Chimalhuacán por encima de cualquier otro, es el traje de charro que visten los danzantes masculinos. No se trata de un disfraz ordinario: es una obra de artesanía textil de extraordinaria calidad, que puede tardar hasta un año completo en confeccionarse y cuyo peso ronda los 14 kilogramos cuando está completamente terminado.
El traje está bordado con hilo de canutillo —un hilo metálico trenzado muy fino— bañado en oro o plata, materiales que se importan principalmente de Francia y, en algunos casos, de Taiwán. Los diseños que se bordan en estas prendas son un universo de imágenes en sí mismos: guerreros prehispánicos, criaturas de la mitología griega, flores exóticas, jaguares, caballos, águilas, paisajes mexicanos, escenas históricas, y muchas figuras más que convierten cada traje en una narrativa visual única e irrepetible.
El traje completo incluye varios elementos: la chaqueta y el pantalón principal, profusamente bordados en canutillo; el chaleco interior con bordados complementarios; la carrillera —una banda de adorno que cruza el pecho—; el sombrero de ala ancha o «galón» característico, también ricamente decorado; las botas de cuero con puntera decorada; los guantes blancos; y la máscara de cera con peluca, de la que hablaremos en la siguiente sección. El conjunto, como se mencionó, puede llegar a pesar 14 kilogramos, una carga física no menor para quien lo porta durante horas de baile continuo.
El costo de un traje de charro de carnaval puede variar considerablemente según los materiales y la elaboración. Los trajes confeccionados con hilo de canutillo auténtico de importación pueden costar entre 60,000 y 120,000 pesos, e incluso más en ejemplares especialmente elaborados. Los artesanos ofrecen también versiones con hilo de fantasía —material sintético que imita el canutillo— cuyos precios oscilan entre los 15,000 y los 18,000 pesos, haciéndolos más accesibles para comparsas con menor presupuesto. Quienes no pueden adquirir un traje propio optan por el alquiler, cuyo costo diario va de los 5,000 a los 15,000 pesos.
«Guerreros prehispánicos, flores, jaguares, caballos, aves y muchas figuras más son bordadas con hilos de canutillo de oro y plata en los trajes que visten los charros. Confeccionar este tipo de prendas lleva a los artesanos hasta un año de trabajo.»
Los artesanos bordadores: guardianes del hilo de oro
La confección de los trajes de charro es un oficio que se transmite de padres a hijos en Chimalhuacán, y que da sustento a decenas de familias en el municipio. Entre los artesanos bordadores más reconocidos destaca la figura de Jesús Buendía Hernández, conocido cariñosamente como «Don Chucho», originario del barrio San Juan. Don Chucho inició esta labor en 1972, con sólo una aguja en la mano y el deseo de confeccionar su propia vestimenta para el carnaval. Hoy, a sus 74 años, dirige un taller donde trabajan cinco de sus seis hijos, además de un nieto, quienes han instalado talleres propios por distintos puntos del municipio.
Don Chucho recuerda que fue su compadre quien le compartió el secreto para confeccionar los diseños. Cada pieza que sale de sus manos y de las manos de su familia representa meses de trabajo meticuloso: para confeccionar un traje de calidad media se requieren en promedio seis meses de labor, y se utilizan entre uno y tres kilogramos de hilo de canutillo importado. El resultado es una prenda que, más que indumentaria, es una escultura textil.
Lo notable del caso de Don Chucho —y de muchos otros artesanos del municipio— es que su trabajo ha trascendido las fronteras de Chimalhuacán. Sus trajes se usan hoy en municipios de todo el Estado de México y en otras entidades del país donde la tradición del carnaval charro ha tomado raíces, gracias a la calidad reconocida del bordado chimalhuaquense.
El traje de charra, elegancia femenina en movimiento
Las danzantes femeninas, llamadas charras, que han cobrado un protagonismo estelar, lucen una indumentaria diferente, aunque igualmente cuidada. Sus trajes consisten principalmente en elegantes faldas bordadas con lentejuelas y chaquira que, al danzar, capturan la luz y crean efectos visuales espectaculares con cada giro y cada paso. Los bordados de las charras también incluyen canutillo, aunque en cantidades menores que los trajes masculinos, lo que los hace más ligeros y ágiles para el baile.
Son también trajes muy elaborados y de finos detalles que enaltecen y destacan la gracia y belleza de la mujer charra, combinando estética, colorido y una cuidadosa composición visual acorde con la tradición festiva.
El sombrero corona de la festividad
El sombrero de los charros del carnaval chimalhuaquense merece mención especial. A diferencia de los sombreros charros convencionales, los utilizados en el carnaval son piezas de dimensiones considerables, con amplias alas que pueden superar los 60 centímetros de diámetro, decoradas con bordados de canutillo, plumas, cintas de colores y pedrería fina. Son piezas artesanales que requieren también de manos especializadas para su manufactura y que forman parte integral de la identidad visual del carnaval.
Los sombreros son confeccionados por artesanos locales especializados en sombrerería, quienes han desarrollado a lo largo de generaciones sus propias técnicas para lograr la rigidez, el peso y la decoración adecuados. Un sombrero de carnaval de buena factura puede costar varios miles de pesos y, al igual que los trajes, es considerado un bien de valor que se cuida, restaura y puede heredarse.
Las Máscaras de Cera: El Rostro del Imperio Burlado
Origen e historia de las caretas chimalhuaquenses
Si el traje es el cuerpo del charro carnavalero, la máscara es su alma y su historia más concentrada. Las máscaras del carnaval de Chimalhuacán son piezas artesanales únicas en el mundo: elaboradas con cera de abeja, presentan el rostro de un hombre europeo de rasgos caucásicos —piel clara, ojos de color, nariz prominente— adornado con barbas y bigotes fabricados con crin o cola de caballo, que en la jerga local se llaman «piochas».
La iconografía de estas máscaras tiene un referente histórico preciso: representan a los soldados y cortesanos franceses que acompañaron a Maximiliano de Habsburgo durante el Segundo Imperio Mexicano. La barba, en particular, evoca la famosa barba del frustrado emperador austriaco. En cada máscara, el artesano chimalhuaquense capturó el aspecto de aquellos hombres europeos que llegaron a México a imponer su dominio, y lo satirizó con la misma pericia con que los caricaturistas de la época ridiculizaban a los invasores en la prensa.
Según los registros históricos locales, antes de que se desarrollara la técnica de la cera, las máscaras se confeccionaban con madera y cartón. Fue a finales del siglo XIX y principios del XX cuando los artesanos chimalhuaquenses comenzaron a experimentar con cera, logrando una mayor expresividad y realismo en los rostros. La fundación formal del Taller de Máscaras de Cera Valverde, en 1926, marca el inicio de la era moderna de las máscaras de carnaval y, en 2026, el municipio celebró precisamente el centenario de este hito.
La familia Valverde: guardianes de la cera
La historia de las máscaras de cera de Chimalhuacán es, en gran medida, la historia de una familia: los Valverde. Originalmente apicultores, los Valverde desarrollaron su maestría en el manejo de la cera de abeja y la aplicaron a la elaboración de las caretas carnavaleras. Erasmo Valverde Buendía es considerado el patriarca artístico de esta tradición; sus descendientes, entre quienes destacan Adalberto Valverde y sus hijos y hermanos —incluyendo a Marcos Valverde—, han mantenido vivo el oficio generación tras generación.
Un dato de singular belleza artesanal: las máscaras de los Valverde conservan el molde original tomado del rostro de la bisabuela de la familia hace casi un siglo. Sin embargo, cuando un danzante usa la máscara, el calor corporal ablanda ligeramente la cera y el rostro adquiere progresivamente la forma del portador, haciéndola única e irrepetible. «Siempre llevarán parte de ellos», dicen los Valverde, refiriéndose a quienes han portado sus máscaras a lo largo del tiempo.
Adalberto Valverde relata que continúa con esta actividad porque su padre, antes de morir, le encomendó una misión sencilla y poderosa: «no dejar a los charros sin su máscara». Por ello, la familia mantiene precios accesibles para que todos los bailarines puedan acceder a las caretas originales. El costo de una máscara de cera elaborada por los Valverde oscilaba, en ediciones recientes del carnaval, entre los 1,650 y los 1,750 pesos.
La técnica y la evolución de las máscaras
La elaboración de una máscara de cera sigue un proceso artesanal que combina técnica ancestral e innovación continua. Los materiales básicos son: cera de abeja procesada, crin o cola de caballo para las barbas y bigotes (piochas), pintura de base y acabado, y en años recientes, también ojos de cristal, pedrería fina y bordados de canutillo de oro y plata para versiones más elaboradas.
La historia de la tipología de las máscaras revela también una historia social. En un principio, las máscaras se elaboraban con una sola piocha o barba. Posteriormente se diseñaron máscaras de mujer, utilizadas por los hombres dado que las mujeres no participaban en el carnaval en aquella época. Para los charros propiamente dichos se crearon las máscaras de doble piocha —dos barbas— que son las que hoy se reconocen como el modelo clásico. Con el tiempo surgieron variantes adicionales: las de caporal, las de candado, las de ojos de cristal, y las de calavera, estas últimas creadas a petición de la familia Valencia Martínez para la comparsa homónima, una de las más reconocidas del municipio.
La calidad y autenticidad de las máscaras chimalhuaquenses han trascendido fronteras. Adalberto Valverde relata que sus piezas han viajado a Cuba, Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Argentina y Canadá, llevadas por turistas nacionales e internacionales que quedan fascinados con estas piezas artísticas. La máscara, que comenzó como una burla al invasor, se ha convertido en embajadora cultural del municipio en el mundo.
El Ritmo que Mueve a Chimalhuacán: Música y Danza del Carnaval
El carnaval de Chimalhuacán es, ante todo, un fenómeno sonoro. Las orquestas locales que acompañan a las comparsas son conjuntos de música versátil que ejecutan desde polkas y chotises —herencia europea de la época imperial— hasta ritmos contemporáneos que las comparsas adoptan con pragmatismo festivo. Los tambores, en particular, marcan el pulso del desfile con una energía que se puede sentir en el pecho a metros de distancia. En Chimalhuacán no se baila con banda de viento sinaloense, sino con Orquestas de Viento que interpretan marchas, pasodobles y las clásicas "Virginias".
El carnaval ha generado también un ecosistema musical propio en el municipio. Muchos de los músicos que tocan en las orquestas carnavaleras son también vecinos y participantes del carnaval, como Carlos Castillo, baterista en dos orquestas cuyos hermanos y sobrinos forman parte de las agrupaciones musicales. La música del carnaval es, así, un negocio familiar y comunitario al mismo tiempo.
La danza misma sigue patrones coreográficos reconocibles que las comparsas aprenden, ensayan y perfeccionan durante meses previos al carnaval. Los charros y charras bailan en parejas, realizando movimientos coordinados que combinan pasos de baile de salón europeo con elementos propios de la danza regional mexicana. La precisión coreográfica es uno de los criterios por los que las comparsas son evaluadas y reconocidas.
Una Tradición que es También una Promesa
El Carnaval de Chimalhuacán es mucho más que una fiesta. Es la historia de un pueblo que aprendió a resistir a través de la risa, a preservar su memoria a través del baile, y a construir comunidad a través del arte. Comenzó como una burla subversiva al poder imperial y se transformó, sin perder ese impulso crítico original, en la celebración más importante de un municipio que hoy enfrenta los desafíos propios del siglo XXI: urbanización acelerada, migración, presiones económicas, y la constante amenaza de la homogenización cultural.
Que más de 140 comparsas salgan cada año a las calles de Chimalhuacán, que miles de familias inviertan meses de trabajo y recursos significativos en sus trajes y máscaras, que generaciones completas se transmitan el oficio del bordado y la elaboración de cera, y que el grito de «¡Ujajay!» siga resonando con la misma energía de siempre, es una señal inequívoca de que esta tradición no es un vestigio del pasado sino una fuerza viva del presente.
El carnaval es también una promesa. La promesa que cada padre hace a su hijo cuando le enseña a bailar, que cada artesano hace a su comunidad cuando pone hilo de oro en una chaqueta o da forma a una máscara de cera, que cada comparsa hace al municipio cuando sale a desfilar. Es la promesa de que hay algo que vale la pena preservar, algo que ninguna urbanización ni ninguna presión del mercado puede —ni debe— llevarse.
Chimalhuacán merece un carnaval reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial. Pero, sobre todo, merece que los propios chimalhuaquenses sigan sintiéndolo como suyo, bailándolo, bordándolo, moldeándolo en cera y gritándolo con el júbilo de quien sabe que pertenece a algo más grande que sí mismo.
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